Microrrelatos para almas viajeras

Hola ruticas! Abro una nueva sección en el blog para escribir sobre pequeñas historietas que suceden o me imagino cuando salgo de viaje. Siempre he querido escribir desde la pasión que me transmiten los lugares que visito y es hora de plasmarlo. Me siento más cómoda hablando sobre lo que siento que vomitando una guía como si la Lonely Planet fuera. Nunca se me dieron bien las palabras, si no los sentimientos que intento transmitir en ellas. Por eso este blog es muy personal y aunque a veces me encabezono en que tiene que ser útil (muchos artículos lo son), yo quiero “crear” una pequeña línea que sea más íntima, más yo. Al fin al cabo, si estás aquí es porque tienes curiosidad por lo que te voy a mostrar. 😉

Espero que disfrutes de los microrrelatos tanto como yo cuando los escribo. 

Brihuega y volver a empezar

Quería hacer las cosas poco a poco, sin desmeleno, con demora si eso me hacía sentir bien. Porque, para qué nos vamos a engañar, en esta vida si no nos sentimos bien con nosotros mismos nadie va a cambiarlo.

 

Cogí mi orgullo, si es que algo me quedaba, y me lancé a una nueva aventura que ni era capaz de vaticinar. Tenía que empezar de cero, sin nada que me atormentase. Madrid había sacado esa parte de mí que no recordaba y estaba furiosa. Aún me temblaban las piernas cuando conducía por la A-2 con destino a mi hogar. Quería salir de aquella nube de contaminación y respirar aire puro. Estaba agotada, no había dormido en días y sentía el peso de los párpados cada vez más intenso. Necesitaba tomar un descanso, me quedaban muchas horas hasta llegar a mi destino y tenía que coger fuerzas. Y entonces, de repente, vi el cartel del festival de la lavanda en Brihuega. Me pregunté cuantas veces había deseado contemplar el atardecer en esos campos de flores violetas, que tanto había visto en todos lados, y que por un motivo u otro no había ido. Era hora de poner en orden mi vida y empezaría por cumplir uno de esos pequeños caprichos, que no necesitaba pero que bien me merecía.

 

Me desvié por la salida CM-2011, nadie me esperaba en casa por lo que había decidido, a voz de pronto, quedarme una noche en aquel idílico pueblo. Aparqué donde pude y busqué algún alojamiento donde dormir esa noche. Pillé lo primero que me pareció razonablemente barato y descansé todo lo que pude y más.

 

A la mañana siguiente, me desperté de mi propio rugido de tripas. Me había acostado sin comer nada y sentía que me iba a desmayar si no pegaba un buen bocado. Bajé a la calle en busca de algún lugar que estuviera abierto tan temprano y allí, junto a la plaza de San Felipe, había un pequeño bar, regentado por una sonriente mujer de unos sesenta y largos, que tenía la puerta abierta. Supongo que vio mi cara de hambruna o eso quise pensar. Me preparó una buena taza de café, de esas que solo una madre con mucho amor hace, y me ofreció un trozo de bizcocho casero que recién había sacado del horno.

 

Al fondo de la barra, se encontraba un señor con barba profunda y arrugas pronunciadas, ojeando sin esmero el periódico del día y tomando un café solo. -Maria, has encontrado a alguien que se quede con el bar? Se le escuchó decir en voz alta sin que le importunase mi presencia. – No, Joaquín! Y parece que esto va para largo […]

 

Sin saberlo, aquella conversación había provocado que tomara la mejor decisión que había tomado hasta entonces. Era hora de elegir mi destino y Brihuega sería mi nuevo punto de partida.

 

Serviría café y tartas caseras en un nuevo concepto de café boutique, que tanto había visto por las calles de Paris y que ahora era mío. No me podía creer que aquel anticuado bar sería el nuevo hogar de almas con buen gusto y clase. Estaba emocionada, estaba feliz.

 

Tu recuerdo sigue aquí México

Jamás olvidaré el color azul del mar Caribe, igual que tampoco olvidaré a aquella chica… No, no me refiero a mí! Recuerdo a aquella chica morena de pelo largo y de pequeña estatura que estaba haciendo un voluntariado en el hostal que me hospedaba en Tulum. Recuerdo que el tiempo era malísimo y llovía todos los días. Esa noche había programada una fiesta donde la bebida principal era el mojito. La noche acababa de empezar junto a una fuerte tormenta que descargaba como jamás había visto antes. A ella no le importó nada cuando reconoció la voz del cantante de Mana cantando una versión de José Alfredo Jiménez en el equipo de música; “Te solté la rienda”. Le subió el volumen y empezó a cantarla mientras bailaba bajo la intensa lluvia. Tengo grabado a fuego sus ojos rojos llenos de desconsuelo y las lágrimas que aunque la lluvia le intentaba borrar le caían a borbotones.
Tan solo fueron unos minutos, lo suficiente para empaparse entera. 

No le importó! No sé lo que le llevó hasta aquel lugar y si estaba huyendo de algo o de alguien. Solo sé que aquel hecho me marcó para siempre.

Me encantan los comentarios! Anda, déjame uno! :)

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