Nos Vamos de Rutica

¿A dónde van los que se perdieron?

“Más se perdió en la guerra”, repetía su abuelo con una sonrisa que nunca terminaba de serlo del todo. Como si en esa frase viviera un consuelo antiguo, heredado, pero también una advertencia que nadie quería escuchar.

Nicolás creció creyendo que perderse era una forma de avanzar.

Por eso, el día que dejó su ciudad, no miró atrás.

Los mapas siempre le parecieron una mentira elegante. Líneas rectas donde en realidad había montañas, rutas que prometían destinos que no siempre existían. Aun así, llenó su mochila con uno. No para orientarse, sino para recordar que incluso lo incierto podía dibujarse.

Su primer destino fue una estación sin nombre en el sur. Allí conoció a Alma, que vendía billetes que nadie compraba.

—¿A dónde van los trenes? —le preguntó Nicolás.

—A donde la gente cree que necesita ir —respondió ella—. Pero no siempre es donde termina.

Alma tenía los ojos de quien ha esperado demasiado. Le habló de personas que compraban un billete solo para sentir que avanzaban, aunque nunca subieran al tren. De viajeros que llegaban tarde a su propia vida.

—¿Y tú? —le preguntó él—. ¿Por qué no te vas?

Alma sonrió, pero esta vez sí la terminó.

—Porque alguien tiene que quedarse para ver quién regresa.

Nicolás no supo qué responder. Aquella noche tomó un tren sin destino claro. Pensó que avanzar era suficiente.

No lo era.

En otra ciudad, más al norte, encontró a Elías, un hombre que coleccionaba historias ajenas. Tenía cuadernos llenos de nombres, fechas y fragmentos de vidas.

—Las personas olvidan quiénes son —decía—. Yo los guardo por si quieren volver.

—¿Y vuelven? —preguntó Nicolás.

Elías negó lentamente.

—Casi nunca. Porque cuando decides volver, ya no eres el mismo que se fue.

Nicolás hojeó uno de los cuadernos. Encontró páginas enteras dedicadas a sueños abandonados: una mujer que quiso cruzar el océano, un músico que dejó de tocar, un niño que prometió no rendirse.

—¿Esto sirve de algo? —preguntó.

—Sirve para recordar que intentaron —respondió Elías—. Y a veces, eso es lo único que queda.

Aquella frase se le clavó más profundo de lo que quiso admitir.

Pasaron los años. Ciudades, rostros, despedidas. Nicolás se convirtió en uno de esos viajeros que parecen conocer todos los caminos, pero no pertenecen a ninguno.

Un día, en una frontera difusa entre dos países —o tal vez entre dos versiones de sí mismo—, entendió algo que nadie le había dicho claramente:

No todos los que se pierden están buscando algo.
Algunos están huyendo.

Y él… llevaba mucho tiempo huyendo de una pregunta simple:

¿A dónde iba realmente?

Regresó.

No por certeza, sino por cansancio.

La estación seguía allí. Alma también.

—Pensé que no volverías —dijo ella.

—Yo también —respondió Nicolás.

Se sentaron en silencio, viendo pasar trenes que no tomaban. Entonces él preguntó:

—Dime la verdad… ¿a dónde van los que se perdieron?

Alma lo miró con una calma que solo tienen quienes han aprendido a esperar sin esperanza.

—A ningún sitio —dijo—. O a todos. Depende de si algún día dejan de huir y empiezan a buscar.

Nicolás bajó la mirada. Por primera vez en mucho tiempo, no sintió la necesidad de marcharse.

Porque entendió algo que no estaba en los mapas, ni en los cuadernos de Elías, ni en las frases de su abuelo:

Que hay viajes que no se hacen con los pies.
Y que llegar no siempre significa avanzar…
pero quedarse, a veces, sí.

Y quizá —solo quizá— los que se perdieron no necesitan ser encontrados.

Sino decidir, al fin, dejar de perderse.

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