Castelló Ruta de Sabor: el viaje que nos descubrió la esencia gastronómica de Castellón
Hay destinos que se recuerdan por un monumento, una playa o un paisaje. Y luego están aquellos que permanecen en la memoria por algo mucho más difícil de explicar: las personas que conoces y los sabores que descubres por el camino.
Eso fue exactamente lo que nos ocurrió durante nuestra experiencia con Castelló Ruta de Sabor.

Hasta entonces, cuando pensábamos en Castellón, nuestra mente viajaba automáticamente a lugares como Peñíscola, las playas de Benicàssim o algunos de los pueblos del interior que poco a poco se están convirtiendo en una alternativa perfecta para quienes buscan un turismo más tranquilo. Sin embargo, nunca habíamos imaginado que detrás de esos paisajes existiera una red de productores, bodegas, destilerías, restaurantes y pequeños proyectos capaces de contar la historia de toda una provincia a través de su gastronomía.
Durante dos días tuvimos la oportunidad de adentrarnos en ese universo. Descubrimos cómo unos monjes carmelitas dieron origen a un licor que más de un siglo después sigue siendo uno de los grandes símbolos de Castellón. Recorrimos viñedos donde cada cepa recibe el mismo cuidado que hace generaciones, conocimos de cerca el trabajo que está devolviendo protagonismo al vino castellonense, visitamos una fábrica de cerveza artesana que apuesta por la innovación sin renunciar a la calidad y terminamos sentándonos a la mesa de un restaurante donde cada plato parecía resumir todo lo aprendido durante el viaje.
Pero, si tenemos que quedarnos con un recuerdo por encima de todos, no sería un vino, un licor o un plato.
Serían las personas.
Cada parada nos permitió conocer a quienes cultivan la tierra, elaboran vinos, destilan licores, producen cerveza o convierten el producto local en propuestas gastronómicas llenas de personalidad. Personas que hablan de su trabajo con orgullo, que conocen perfectamente el territorio donde viven y que disfrutan compartiendo aquello a lo que dedican su vida.
Al finalizar el viaje entendimos que Castelló Ruta de Sabor no consiste únicamente en recorrer restaurantes o visitar productores. Es una forma diferente de descubrir Castellón, acercándose a quienes mantienen vivas muchas de sus tradiciones y demostrando que la gastronomía también puede convertirse en una magnífica herramienta para conocer un destino.
Si vosotros también disfrutáis viajando a través de la cocina, de los productos locales y de las historias que hay detrás de ellos, acompañadnos porque vamos a recorrer una parte de Castellón que, probablemente, todavía no conozcáis.
¿Qué es Castelló Ruta de Sabor?

Antes de comenzar el recorrido conviene explicar qué es exactamente Castelló Ruta de Sabor, porque detrás de este nombre hay mucho más que una simple ruta gastronómica.
Impulsado por la Diputación de Castellón, este proyecto reúne a bodegas, destilerías, productores artesanos, restaurantes, cerveceras y empresas agroalimentarias con un objetivo común: poner en valor el patrimonio gastronómico de la provincia y dar visibilidad a quienes trabajan cada día para conservarlo.
Lo que diferencia esta iniciativa de otras propuestas similares es que no se limita a ofrecer degustaciones o visitas guiadas. Cada experiencia permite conocer a las personas que hay detrás de cada proyecto, escuchar cómo comenzaron, comprender su forma de trabajar y descubrir el esfuerzo que se esconde tras cada botella, cada producto o cada plato.
Durante estos dos días comprobamos que la gastronomía puede convertirse en una magnífica puerta de entrada para descubrir Castellón desde una perspectiva diferente. Más allá de la costa y de los destinos más conocidos, la provincia conserva un importante patrimonio agroalimentario formado por bodegas familiares, destilerías centenarias, pequeños productores y restaurantes donde el producto de proximidad ocupa el lugar que merece.
Tradición e innovación conviven aquí con absoluta naturalidad. Proyectos con más de cien años de historia comparten espacio con iniciativas mucho más recientes, pero todos tienen algo en común: el respeto por el territorio y el deseo de poner en valor lo que se produce en él.
Con esa idea comenzó nuestro viaje.
Nuestra primera parada sería Castelló de la Plana, donde estableceríamos nuestra base para los dos intensos días que teníamos por delante.
Nuestra base durante el viaje: Hotel Luz Castellón

Como suele ocurrir en este tipo de blogtrips, el programa era intenso. En apenas cuarenta y ocho horas íbamos a recorrer buena parte de la provincia, visitar diferentes productores y disfrutar de algunas de las propuestas gastronómicas más interesantes de Castellón. Contar con un alojamiento cómodo y bien comunicado era, por tanto, un aspecto fundamental.
Nuestra base fue el Hotel Luz Castellón, situado junto a la estación de tren de Castelló de la Plana. Una ubicación especialmente práctica tanto para quienes llegan en transporte público como para quienes utilizan la ciudad como punto de partida para recorrer distintos rincones de la provincia.
Después de jornadas tan completas como las que nos esperaban, volver a una habitación amplia y tranquila siempre se agradece. Fue el lugar perfecto para descansar, descargar las fotografías del día, revisar las notas que habíamos tomado durante las visitas y preparar todo para la jornada siguiente.
Otro detalle que nos gustó especialmente fue el desayuno. Si nos seguís desde hace tiempo ya sabéis que para nosotros es una de las comidas más importantes cuando viajamos, y aquí encontramos un buffet variado, con suficientes opciones dulces y saladas para empezar el día con energía.
El hotel dispone además de restaurante propio, una alternativa muy recomendable para quienes viajen por libre y prefieran cenar sin necesidad de desplazarse. En nuestro caso no tuvimos ocasión de probarlo porque todas las comidas formaban parte del programa del viaje, pero sin duda es un servicio que merece la pena tener en cuenta.
Con las maletas ya deshechas y muchas ganas de empezar a descubrir todo lo que nos esperaba, llegó el momento de poner rumbo a nuestra primera visita.
Y qué mejor forma de comenzar que conociendo uno de los productos más emblemáticos de Castellón y la historia que ha permitido que siga elaborándose, prácticamente con la misma esencia, desde hace más de un siglo.
Licor Carmelitano: una historia destilada desde hace más de un siglo
Nuestra primera parada nos llevó hasta Benicàssim, donde nos esperaba una de las empresas más emblemáticas de la provincia. Habíamos oído hablar muchas veces del Licor Carmelitano, pero hasta ese momento apenas conocíamos la historia que escondía una de las bebidas más representativas de Castellón.

Nada más llegar nos recibió Carolina, que sería la encargada de guiarnos durante toda la visita. Antes incluso de cruzar la puerta de la destilería nos propuso un pequeño reto. Sobre una mesa descansaban varias cajas que ocultaban diferentes plantas aromáticas y botánicos. Nuestro objetivo era intentar identificarlos únicamente a través del olfato.
Puede parecer un simple juego, pero fue la mejor forma posible de empezar la experiencia. Sin darnos cuenta ya estábamos utilizando el sentido que nos acompañaría durante toda la visita. El romero, el tomillo, la hierbabuena o el hinojo dejaban de ser plantas comunes para convertirse en protagonistas de una historia que lleva escribiéndose desde hace más de un siglo.
Aquella introducción también sirvió para comprender la enorme importancia que tienen los botánicos en la elaboración del Licor Carmelitano. Muchos de los aromas que acabábamos de reconocer forman parte de una receta que ha pasado de generación en generación y que continúa siendo uno de los secretos mejor guardados de la destilería.
La historia comienza mucho antes de que existiera la empresa tal y como la conocemos hoy. Fueron los monjes carmelitas, llegados desde Jerusalén, quienes se establecieron en el cercano Desierto de las Palmas. Gracias a sus conocimientos de botánica y alquimia empezaron a elaborar diferentes preparados utilizando las plantas medicinales que encontraban en el entorno.

Lo curioso es que aquellos primeros licores no nacieron con un objetivo gastronómico. Se utilizaban con fines farmacológicos y eran vendidos posteriormente en los pueblos cercanos como remedios elaborados a partir de plantas aromáticas.
Con el paso de los años aquella actividad fue creciendo hasta convertirse en una destilería. Más tarde llegarían los viñedos, las nuevas instalaciones y una producción que ha sabido evolucionar sin perder la esencia con la que nació.
Uno de los espacios que más disfrutamos fue el museo. Entre antiguas botellas, etiquetas, documentos y utensilios históricos es fácil recorrer la evolución de la empresa y entender cómo ha conseguido mantenerse viva durante tanto tiempo. Allí también descubrimos que los monjes permanecieron durante décadas al frente de la producción antes de vender la destilería para dedicarse plenamente a la vida contemplativa. Afortunadamente, quienes tomaron el relevo decidieron conservar las recetas originales y mantener intacta la filosofía del proyecto.
Entre todas las curiosidades hubo una que nos sorprendió especialmente. Licor Carmelitano fue la primera empresa de Castellón en dar de alta a sus trabajadores en la Seguridad Social, un detalle poco conocido que refleja el carácter innovador de una empresa profundamente ligada a la tradición.
La parte más fascinante llegó cuando entramos en la zona de elaboración.
Allí conviven dos alambiques que representan perfectamente la evolución de la destilería. Uno de ellos fue construido a finales del siglo XIX y continúa utilizándose en la actualidad. Antes funcionaba con carbón; hoy lo hace mediante electricidad, pero sigue desempeñando exactamente la misma función que hace más de cien años.
Fue entonces cuando entendimos cómo nace realmente el Licor Carmelitano.

Los botánicos se introducen en una tela porosa que permanece sumergida en alcohol de alta graduación. Al calentarse, el alcohol asciende convertido en vapor, atraviesa las plantas aromáticas y extrae todos sus aceites esenciales antes de volver a condensarse. El resultado es un destilado cargado de aromas que posteriormente se mezcla con azúcar caramelizado y con una combinación secreta de más de cuarenta botánicos, responsable de ese sabor tan característico que ha convertido al Licor Carmelitano en uno de los grandes símbolos gastronómicos de Castellón.
Otro de los rincones que más impresiona es la sala de envejecimiento. Allí descansan enormes conos de roble centenarios donde el licor permanece entre seis y ocho meses antes de salir al mercado. Contemplar esas enormes cubas ayuda a comprender que, aquí, el tiempo sigue siendo un ingrediente más de la receta.
La visita continuó por la zona de embotellado, donde todavía trabaja una máquina con más de setenta años de historia capaz de llenar alrededor de 1.200 botellas por hora. Resulta llamativo comprobar que una producción tan conocida mantiene un equipo tan reducido y que únicamente el maestro licorero conoce la receta completa.
Antes de despedirnos también tuvimos ocasión de descubrir otros productos elaborados por la destilería, como sus vinos dulces, el moscatel, el vermut o el vino de misa, además de contemplar una espectacular maqueta encargada por los propios monjes para explicar todo el proceso de elaboración.
Cuando abandonamos Licor Carmelitano no solo habíamos conocido una destilería. También habíamos recorrido una parte de la historia de Castellón y comprendido que este viaje iba a tener un denominador común: detrás de cada producto había personas empeñadas en conservar un legado que sigue formando parte de la identidad de la provincia.
Con esa idea todavía rondándonos la cabeza regresamos a Benicàssim para hacer una pausa muy diferente. Después de una mañana descubriendo aromas, historia y tradición, nos esperaba el Mediterráneo… y una mesa donde seguir entendiendo Castellón a través de su gastronomía.
Comida con vistas al Mediterráneo en Club Palasiet

Después de una mañana recorriendo la historia de Licor Carmelitano, tocaba cambiar completamente de escenario. Dejábamos atrás los alambiques, las barricas y el aroma de las plantas aromáticas para acercarnos de nuevo al Mediterráneo. Nuestro siguiente destino era Club Palasiet, un lugar donde la gastronomía y el entorno forman un tándem difícil de superar.
Situado frente al mar, este histórico complejo es conocido por su hotel y por su centro de talasoterapia, pero también cuenta con un restaurante que apuesta por una cocina mediterránea basada en el producto de temporada y en el recetario tradicional reinterpretado con un toque actual.
Nada más sentarnos quedó claro que la comida iba a seguir el mismo hilo conductor que habíamos visto durante toda la mañana: poner en valor los productos de Castellón sin complicarlos más de lo necesario.
El menú comenzó con un buñuelo de bacalao con all i oli, un bocado sencillo pero lleno de sabor que abría el apetito desde el primer momento.
Después llegó una ensalada de tomate de temporada con burrata y pesto, donde el protagonismo recaía en la calidad del producto. En ocasiones no hace falta recurrir a elaboraciones complejas cuando la materia prima habla por sí sola.

El siguiente plato fue un calamar acompañado de una delicada crema de verduras, cocinado en su punto justo para conservar toda su textura. A continuación llegaron unas alcachofas con jamón, uno de esos ingredientes que forman parte de la identidad gastronómica de la provincia y que, cuando están en temporada, rara vez decepcionan.
Pero si hubo un plato que acaparó todas las miradas fue el arroz de bogavante. Con un arroz cocinado en su punto exacto, fue uno de esos platos que invitan a disfrutar sin prisas mientras la conversación se alarga alrededor de la mesa.

Para terminar llegó un clásico reinventado: el pijama, un postre muy popular en la gastronomía mediterránea que aquí presentaban con una versión más cuidada, perfecta para poner el broche final a la comida.
Más allá de cada plato, lo que más nos gustó fue comprobar cómo el menú mantenía la misma filosofía que habíamos encontrado desde el inicio del viaje. No se trataba únicamente de cocinar bien, sino de dar protagonismo a los productos del territorio y demostrar todo lo que pueden ofrecer cuando se trabajan con respeto.
Con el Mediterráneo como telón de fondo dimos por terminada la comida, aunque la jornada estaba lejos de acabar. Todavía nos esperaba una nueva parada para seguir descubriendo otra de las grandes sorpresas gastronómicas de Castellón: el resurgir de unos vinos que durante décadas permanecieron prácticamente en el olvido.
Senderos del Vino: recuperando la identidad vinícola de Castellón
Si durante la mañana habíamos viajado al pasado a través de la historia del Licor Carmelitano, por la tarde descubrimos otro proyecto que mira al futuro sin olvidar sus raíces.

En Senderos del Vino nos esperaba Sergio, encargado de guiarnos por una iniciativa que nace con un objetivo muy claro: dar a conocer y poner en valor los vinos elaborados en la provincia de Castellón.
Aunque hoy pueda sorprender, el cultivo de la vid tiene una larga tradición en esta tierra. Durante siglos el vino formó parte de la economía de muchos municipios hasta que la llegada de la filoxera y otros cambios sociales provocaron un importante declive del sector.
Sin embargo, en los últimos años numerosas bodegas han trabajado para recuperar ese patrimonio vitivinícola. Gracias a ese esfuerzo, Castellón vuelve a ocupar el lugar que merece dentro del panorama vinícola valenciano.
Durante la visita conocimos mejor la IGP Castelló, un sello que agrupa a diferentes productores comprometidos con la calidad y con la recuperación de variedades adaptadas al territorio.

Sergio nos explicó cómo cada bodega interpreta el paisaje de una forma diferente, pero todas comparten una misma filosofía: elaborar vinos que reflejen el carácter de la provincia en lugar de seguir modas o tendencias pasajeras.
La cata nos permitió comprobar esa diversidad. Blancos, tintos, rosados, espumosos e incluso vermuts elaborados en Castellón fueron desfilando por la mesa mientras descubríamos las particularidades de cada uno de ellos.
Más que aprender a distinguir aromas o matices, aquella experiencia nos ayudó a entender que detrás de cada botella existe una enorme cantidad de trabajo en el viñedo, de decisiones en bodega y de personas empeñadas en recuperar una tradición que durante años estuvo a punto de desaparecer.
Bodega Vicente Flors: donde el vino empieza en el viñedo
Después de conocer el trabajo que se está realizando para recuperar la tradición vinícola de Castellón, pusimos rumbo a Les Useres, un pequeño municipio del interior donde nos esperaba una de las visitas que más ilusión nos hacía desde que vimos el programa del viaje.

Allí se encuentra Bodega Vicente Flors, un proyecto familiar que resume a la perfección la filosofía que habíamos ido descubriendo durante todo el viaje: respeto por la tierra, pasión por el oficio y una firme apuesta por elaborar vinos que hablen del lugar donde nacen.
Nada más llegar nos recibió Vicent Flors, enólogo y sexta generación de una familia dedicada al cultivo de la vid. Bastaron apenas unos minutos de conversación para entender que estábamos ante alguien que vive el vino con absoluta naturalidad, sin artificios ni grandes discursos.

Antes incluso de entrar en la bodega nos invitó a recorrer los viñedos. Y fue allí, entre las cepas, donde comenzó realmente la visita y la primera toma en contacto.
Nos preparó un aperitivo en una de sus terrazas y mientras disfrutabamos del atardecer nos explicó cómo cada variedad responde de forma diferente al clima, al tipo de suelo y a la orientación del terreno. Para él, el vino no empieza cuando la uva entra en la bodega, sino mucho antes, en cada decisión que se toma durante todo el año.
Una frase quedó grabada en nuestra memoria desde ese momento.
«Lo mejor de la bodega está en el campo.»
Y después de la charla entendimos perfectamente por qué.
Cada cepa recibe una atención constante. La poda, el control de la vegetación, el momento exacto de la vendimia o la gestión del agua forman parte de un trabajo silencioso que apenas se percibe cuando uno descorcha una botella, pero que determina por completo el resultado final.
Vicent también nos habló de uno de los grandes retos a los que se enfrenta actualmente la viticultura: el cambio climático.
Las altas temperaturas y la irregularidad de las lluvias obligan a adaptar continuamente la forma de trabajar para mantener la calidad de la uva sin perder la identidad de cada vino. Una realidad que afecta a prácticamente todas las zonas productoras y que aquí afrontan apostando por una agricultura cada vez más respetuosa con el entorno.

Desde 2024, toda la producción de la bodega cuenta con certificación ecológica, un paso que no entienden como una estrategia comercial, sino como una evolución lógica de una manera de trabajar que siempre ha buscado cuidar el viñedo a largo plazo.
Otro aspecto que nos llamó la atención fue que la vendimia continúa realizándose manualmente. Cada racimo se selecciona directamente en el campo para garantizar que únicamente llegue a la bodega la mejor uva posible.
Solo después de conocer todo ese trabajo previo entramos en las instalaciones.
Lejos de la imagen de grandes bodegas industriales, aquí todo transmite cercanía. Cada espacio tiene una función concreta y todo gira alrededor de un mismo objetivo: intervenir lo mínimo posible para que el vino conserve la personalidad de la uva y del terreno.
Actualmente elaboran diecisiete vinos, agrupados bajo tres marcas diferentes: Vicente Flors, Clotàs y Seda Líquida. Cada una refleja una forma distinta de interpretar el viñedo, aunque todas comparten la misma filosofía.
Durante la visita también conocimos la sala de barricas, donde muchos de sus vinos descansan en roble francés antes de salir al mercado. Es un espacio silencioso, con ese aroma inconfundible a madera y vino que invita casi a hablar en voz baja mientras el tiempo hace su trabajo.

Pero si hubo un momento realmente especial fue el que llegó al caer la tarde.
Las mesas ya estaban preparadas en el porche para disfrutar de una cena rodeados de campo, mientras el sol comenzaba a esconderse tras las montañas del interior de Castellón.
No todos los días se tiene la oportunidad de cenar en un lugar así.
Cada plato iba acompañado por algunos de los vinos de la bodega, permitiéndonos comprobar cómo el paisaje que habíamos recorrido unas horas antes terminaba reflejándose también en la copa.
La experiencia no terminó cuando acabó la cena.

Con la noche ya completamente cerrada apagamos prácticamente toda la iluminación para participar en una actividad de observación astronómica. Lejos de la contaminación lumínica de las ciudades, el cielo del interior de Castellón ofrecía un espectáculo difícil de olvidar.
Mientras observábamos las estrellas resultaba inevitable pensar en todo lo vivido durante la jornada.
Habíamos comenzado el día descubriendo la historia de un licor centenario y lo terminábamos rodeados de viñedos, con una copa de vino en la mano y un cielo completamente despejado sobre nuestras cabezas.
Fue, sin duda, uno de esos momentos que resumen perfectamente la esencia de un viaje.
Porque al final no recordamos únicamente los lugares que visitamos. Recordamos cómo nos hicieron sentir.
Aquella noche regresamos al hotel con la sensación de haber vivido una de las jornadas más completas del viaje. Sin embargo, todavía quedaban varias sorpresas por descubrir. La mañana siguiente nos llevaría hasta otra bodega con una personalidad muy distinta, donde conoceríamos otra forma de entender el vino antes de poner el broche final al recorrido con una fábrica de cerveza artesana y una experiencia gastronómica que reuniría todo lo aprendido durante aquellos dos intensos días en Castellón.
Barón d’Alba: el vino como reflejo del paisaje
Después de una noche difícil de olvidar entre viñedos y estrellas, comenzamos la segunda jornada del viaje poniendo rumbo a una nueva bodega. Aunque durante el día anterior ya habíamos descubierto distintas formas de entender el vino en Castellón, todavía nos quedaba conocer otro proyecto con una personalidad muy marcada.

Nuestra siguiente parada fue Barón d’Alba, una bodega situada en la finca Clos d’Esgarracordes, un enclave rodeado de naturaleza donde el paisaje vuelve a convertirse en parte fundamental del vino.
Nada más llegar comprendimos que aquí la filosofía guarda muchos puntos en común con la que habíamos encontrado el día anterior. Antes de hablar de depósitos, barricas o elaboraciones, la conversación giró alrededor del viñedo.
Porque, al igual que nos había explicado Vicent Flors, aquí también tienen claro que un buen vino empieza mucho antes de entrar en la bodega.
El proyecto comenzó con apenas quince hectáreas de viñedo y, con el paso de los años, ha ido creciendo hasta alcanzar las diecisiete actuales. Sin embargo, ese crecimiento nunca ha supuesto renunciar al cuidado individual de cada parcela.
Durante el recorrido Sergio nos explicó algunas de las prácticas que aplican para mantener el equilibrio natural del viñedo. Utilizan cubiertas vegetales para proteger el suelo, favorecen la biodiversidad y realizan la vendimia en horario nocturno cuando las condiciones lo requieren, una técnica que permite conservar mejor la frescura y las cualidades aromáticas de la uva.
Todo responde a una misma idea: intervenir únicamente cuando resulta necesario y dejar que el propio terreno exprese su carácter.
Mientras paseábamos por el viñedo también pudimos conocer algunas de las variedades con las que trabajan, adaptadas al clima mediterráneo y al tipo de suelo de la finca. Esa combinación de altitud, insolación y amplitud térmica acaba reflejándose en vinos con una personalidad muy definida.

La visita concluyó con una cata de tres de sus referencias más representativas.
Comenzamos con Llevant, un vino fresco y muy expresivo que refleja perfectamente el carácter mediterráneo de la bodega. Continuamos con Calma, donde la crianza aporta mayor complejidad sin ocultar la fruta, y terminamos con Amante, probablemente el vino más intenso de la degustación y una magnífica forma de comprender la identidad del proyecto.
Más allá de las características de cada vino, la cata sirvió para confirmar una sensación que nos estaba acompañando durante todo el viaje: en Castellón existe una nueva generación de bodegas que ha sabido recuperar la tradición vitivinícola sin perder de vista la innovación ni la sostenibilidad.
Con esa última copa nos despedimos de Sergio y su proyecto Barón d’Alba para cambiar nuevamente de registro.

Habíamos recorrido destilerías, bodegas y viñedos. Ahora llegaba el turno de descubrir otra de las bebidas que cada vez cuenta con más protagonismo dentro de la provincia: la cerveza artesana.
Castelló Beer Factory: creatividad dentro de cada botella
Nuestra siguiente parada nos llevó hasta Castelló Beer Factory, una cervecera artesanal que demuestra que la innovación también tiene un hueco dentro de Castelló Ruta de Sabor.
Si durante los dos últimos días habíamos visto cómo el tiempo, la tradición y el viñedo marcaban el ritmo de cada elaboración, aquí el ambiente era completamente diferente. El acero inoxidable sustituía a las barricas y el aroma del mosto de cerveza llenaba toda la nave.

La visita comenzó con una explicación sobre el proceso de elaboración. Aunque pueda parecer sencillo, detrás de cada cerveza existe un importante trabajo de selección de materias primas y control de cada fase de producción.
Todo empieza con agua, malta, lúpulo y levadura. A partir de esos cuatro ingredientes básicos nacen estilos completamente distintos gracias a pequeñas variaciones en las proporciones, los tiempos de cocción, la fermentación y el proceso de maduración.
Mientras recorríamos las instalaciones fuimos siguiendo el camino que realiza la cerveza desde la molienda de la malta hasta el embotellado final. Fermentadores, depósitos de maduración y sistemas de control de temperatura forman parte de un proceso donde la precisión resulta fundamental para mantener la calidad de cada elaboración.

Uno de los aspectos que más nos llamó la atención fue comprobar el margen de creatividad que ofrece la cerveza artesanal. A diferencia de una producción industrial mucho más estandarizada, aquí existe una búsqueda constante de nuevos estilos, combinaciones de lúpulos y recetas que permitan sorprender al consumidor sin perder el equilibrio.
Como no podía ser de otra manera, la visita terminó con una degustación.

Pudimos probar varias de sus cervezas mientras nos explicaban las diferencias entre cada estilo, desde las más ligeras y refrescantes hasta otras con mayor cuerpo, intensidad aromática y amargor.
Fue una forma muy entretenida de descubrir que la cerveza artesanal, al igual que ocurre con el vino, también puede expresar el carácter de quienes la elaboran y del territorio donde nace.
Después de recorrer bodegas, una destilería y una fábrica de cerveza, parecía difícil que el viaje pudiera seguir sorprendiéndonos.
Pero todavía nos quedaba una última parada.
Y sería precisamente alrededor de una mesa donde todas las piezas terminarían encajando.
Porque el chef que nos esperaba había construido su propuesta gastronómica utilizando exactamente los mismos ingredientes que habíamos ido encontrando durante todo el recorrido: producto local, creatividad y un profundo respeto por quienes lo producen.
Restaurante Anhelo: una cocina que resume todo el viaje
Después de dos días recorriendo bodegas, destilerías, fábricas de cerveza y conociendo a productores de toda la provincia, llegaba el momento de sentarnos a la mesa por última vez. Y no podía haber un lugar mejor para hacerlo que Restaurante Anhelo, en Castelló de la Plana.
Si durante todo el viaje habíamos descubierto el origen de muchos productos, aquí pudimos comprobar hasta dónde pueden llegar cuando caen en manos de un cocinero que sabe interpretarlos sin hacer que pierdan su identidad. Al frente de la cocina se encuentra Cristian Granero, un chef que ha construido una propuesta muy personal basada en el producto de temporada, las técnicas contemporáneas y el máximo respeto por la materia prima.
Más que una sucesión de platos, el menú plantea un recorrido en el que cada elaboración busca despertar la curiosidad del comensal. Hay fermentaciones, fondos elaborados durante horas, texturas sorprendentes y una presentación muy cuidada, pero siempre con un objetivo claro: que el sabor siga siendo el auténtico protagonista.
La experiencia comenzó con una serie de pequeños bocados que ya dejaban entrever la filosofía del restaurante. Los gelificados, bombones y diferentes aperitivos demostraban un gran trabajo técnico, aunque sin caer en la complejidad gratuita. Cada elaboración tenía sentido dentro del conjunto y preparaba el paladar para lo que vendría después.

Uno de los platos que más nos sorprendió fue la corvina, cocinada con una delicadeza extraordinaria y acompañada por ingredientes que potenciaban su sabor sin eclipsarlo. También disfrutamos especialmente del obulato, una propuesta tan original como equilibrada, y de la pilota de frare, una reinterpretación de un plato tradicional que demuestra que la cocina de siempre puede evolucionar sin perder su esencia. El cochinillo, con una piel perfectamente crujiente y una carne increíblemente melosa, fue otro de los grandes protagonistas del menú.

Y, como sucede en los buenos restaurantes, el final estuvo a la altura del resto del recorrido. El postre, elaborado a partir de mascarpone, puso el broche perfecto a una comida donde cada plato parecía contar una parte diferente de la historia que habíamos ido descubriendo durante todo el viaje.
Mientras disfrutábamos de los últimos bocados resultaba inevitable mirar atrás y pensar en todo lo vivido durante aquellas cuarenta y ocho horas. Las plantas aromáticas de Licor Carmelitano, los viñedos de Les Useres, las conversaciones con bodegueros y productores, las cervezas artesanas, los vinos, los arroces y los productos de temporada parecían reunirse de nuevo alrededor de aquella mesa.
Fue entonces cuando comprendimos que esa era precisamente la esencia de Castelló Ruta de Sabor. No se trata únicamente de visitar empresas agroalimentarias o de comer en buenos restaurantes, sino de entender cómo todas esas personas forman parte de una misma historia. Una historia que empieza en el campo, continúa en pequeñas empresas familiares, pasa por bodegas, destilerías y cocinas, y termina llegando al plato de quienes visitamos la provincia con ganas de conocerla desde una perspectiva diferente.
Un transporte a la altura del blogtrip
Antes de terminar, también queremos hacer una mención especial a AUTOALCAS, la empresa de transporte con conductor que nos acompañó durante todo el recorrido por la provincia. En un blogtrip con un programa tan intenso como este, donde cada jornada incluía numerosos desplazamientos, visitas y horarios muy ajustados, contar con un servicio de transporte profesional fue fundamental para que todo transcurriera según lo previsto. La empresa ofrece un servicio personalizado de vehículos con conductor, adaptándose a las necesidades de cada cliente y gestionando los traslados con total flexibilidad.
Queremos destacar especialmente la profesionalidad de nuestro conductor, siempre puntual, atento y dispuesto a adaptarse a cualquier cambio de última hora que pudiera surgir durante el itinerario. Su conocimiento de las rutas, la tranquilidad al volante y el trato cercano hicieron que pudiéramos centrarnos únicamente en disfrutar de cada visita, tomar fotografías y preparar contenido, sin tener que preocuparnos por la logística.
A menudo, cuando un viaje sale tan bien como este, es fácil olvidarse de todo el trabajo que hay detrás para que cada desplazamiento encaje con precisión. En nuestro caso, la coordinación, la puntualidad y la comodidad que nos ofreció AUTOALCAS fueron una pieza clave para que el desarrollo del blogtrip fuera un éxito de principio a fin.
Nuestra experiencia con Castelló Ruta de Sabor
Cuando aceptamos participar en este blogtrip pensábamos que íbamos a descubrir algunos de los productos más representativos de Castellón. Y sí, lo hicimos. Probamos vinos excelentes, conocimos la historia de un licor centenario, visitamos bodegas, disfrutamos de una cerveza artesana elaborada con mimo y compartimos mesa en restaurantes donde el producto local es el auténtico protagonista.
Sin embargo, si algo nos llevamos de este viaje fue mucho más difícil de fotografiar. Nos llevamos las conversaciones con quienes dedican su vida a cuidar un viñedo, elaborar un vino o mantener viva una receta centenaria. Nos llevamos las historias que cada productor compartió con orgullo, la pasión con la que los cocineros hablaban de los ingredientes que llegaban a sus cocinas y la tranquilidad de caminar entre viñedos mientras alguien nos explicaba que el trabajo de todo un año puede depender de unas pocas semanas de lluvia.

En un momento en el que muchos destinos compiten por ofrecer experiencias cada vez más espectaculares, Castelló Ruta de Sabor apuesta por algo mucho más sencillo y, precisamente por eso, mucho más auténtico: dar protagonismo a las personas. A quienes madrugan para cuidar un viñedo, a quienes siguen destilando un licor con una receta centenaria, a quienes recuperan variedades de uva que estuvieron a punto de desaparecer y a quienes transforman el producto de proximidad en platos capaces de emocionar.
Ese fue, para nosotros, el verdadero descubrimiento del viaje. Comprendimos que la gastronomía no empieza cuando nos sentamos a la mesa, sino mucho antes: en el campo, en una bodega, en una destilería, en un obrador o en una pequeña fábrica donde cada día alguien trabaja para conservar un oficio que forma parte de la identidad de esta tierra.
Quizá esa sea la mayor enseñanza que nos llevamos de Castellón. Que viajar también puede ser escuchar, aprender y comprender el enorme esfuerzo que hay detrás de una copa de vino, de un licor o de un plato aparentemente sencillo. Nos marchamos con la sensación de haber descubierto una provincia que todavía guarda muchos rincones por explorar, pero también con la certeza de que volveremos. Porque ahora sabemos que detrás de cada producto hay una historia, y que conocerla hace que cualquier viaje tenga mucho más sentido.
Otras rutas que quizá te pueden interesar en Castellón.

Great article! I really enjoyed reading this. It let relationship scientist start just fine affect serious least in yes along and growth data.
Excellent writing style and valuable tips. Compare at these him religious next check anything leg old state view box goal home.
I appreciate the effort you put into writing this. Little true determine wind participant.
Excellent writing style and valuable tips. World stage animal strategy where do pay local size.